Cuando estaba en la universidad, mi papá, médico de profesión, solía decirme algo que se ha quedado conmigo toda la vida: “La gente no viene al consultorio a que les des medicamentos; vienen porque quieren sentirse mejor. Esa es nuestra verdadera misión”. Esa frase, tan simple pero tan poderosa, moldeó la forma en la que hoy veo mi trabajo como periodoncista.
A menudo, cuando un paciente llega a mi consultorio, me dice que quiere un implante dental, una cirugía, o incluso un blanqueamiento. Pero lo que en realidad está diciendo, aunque no lo exprese con esas palabras, es que quiere recuperar algo que siente perdido. Quieren volver a sonreír sin temor ni vergüenza. Quieren disfrutar de su comida favorita sin el dolor o la incomodidad que han soportado durante demasiado tiempo. Quieren volver a sentirse bien consigo mismos.
Esa comprensión ha cambiado cómo abordo cada caso que llega a mi consulta. Mi trabajo no se trata simplemente de colocar un implante o realizar una cirugía. Eso, como me gusta decir, lo puede hacer casi cualquier dentista. Mi verdadera misión es entender qué es lo que mis pacientes realmente desean y ayudarles a lograrlo. Es una responsabilidad que va más allá de las técnicas y los procedimientos. Se trata de conectarme con la persona frente a mí, comprender sus miedos, sus sueños y sus necesidades.
Recuerdo a una paciente que llegó a mi consulta con un problema complejo de periodontitis. En su mente, todo se reducía a que necesitaba implantes porque había perdido varios dientes. Pero al escucharla hablar de cómo había dejado de reírse en las reuniones familiares o de cómo había evitado salir a cenar con sus amigas, comprendí que su verdadero objetivo no era un implante. Su verdadero deseo era recuperar la alegría de esos momentos. El tratamiento que le propuse no se basó solo en lo que necesitaba clínicamente, sino en lo que la ayudaría a volver a vivir esas experiencias que tanto extrañaba.
Esta filosofía me la inculcó mi papá, quien siempre puso en primer lugar el bienestar de sus pacientes. Decía que para ser el mejor doctor no bastaba con saber qué recetar, sino que había que entender a tus pacientes y ayudarlos realmente. Al principio no entendí esa lección, pero después de ver y enterarme del hueco que dejó en sus pacientes, compañeros de trabajo y gente que estaba cerca de él durante sus labores, me doy cuenta de la razón que tenía.
Mi compromiso es ofrecer tratamientos que no solo sean los mejores desde un punto de vista técnico, sino que también contribuyan directamente a la salud, felicidad y bienestar de cada persona que cruza la puerta de mi consultorio. Mi responsabilidad no termina con una cirugía o un implante; comienza con la sonrisa que vuelve a aparecer en sus rostros, con el brillo en sus ojos cuando sienten que han recuperado una parte importante de sí mismos.
En el mundo de la odontología, y particularmente en la periodoncia, es fácil enfocarse en los procedimientos, en los diagnósticos y en los resultados clínicos. Pero para mí, siempre será más importante lo que esos procedimientos significan en la vida de mis pacientes. Al final del día, ellos no vienen porque quieren un implante o una cirugía; vienen porque quieren volver a sonreír, a comer, a vivir.
El 11 de enero, mi papá hubiera cumplido 71 años, durante días pensé cómo recordarlo este año y finalmente obtuve este texto. Feliz cumpleaños, papá, tu legado sigue en pie.
En honor al Dr. Jorge de Jesús González Lozoya.
Nos vemos en la próxima cita,
Dr. Edgar González-Moncayo
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