Mi peor cirugía

Siempre recordaré la tarde del 7 de enero de 2022. Fue el primer día de este año nuevo en el cual me pregunté, en repetidas ocasiones, por qué había aceptado hacer una cirugía. No me malinterpreten, si han seguido este blog desde hace un tiempo, o si han sido mis pacientes, saben que me encanta mi trabajo. Literalmente, pienso todo el día en mis pacientes, procedimientos, sus encías, dientes y demás. Pero debo admitir que hay ocasiones durante el año (que cada vez van siendo menos), en las que me pregunto a mi mismo por qué acepté hacer alguna cirugía o hasta por qué decidí ser dentista y, además, estudiar una especialidad quirúrgica. Esto le pasa a la mayoría de mis amigos y colegas con los que he platicado.

Y es que, de repente llegan cirugías y procedimientos que, al hacer la valoración inicial, se proyectan para ser de una forma o ideales para una técnica, y a veces en el trans-operatorio (mientras se hace la cirugía), algún factor cambia y se descubre algo que hacer que todo sea diferente a lo planeado. A veces, son situaciones que no se pueden preveer y forman parte de los riesgos de todo procedimiento, y otras tantas, son cosas que debimos de ver antes pero no lo hicimos, por distracción, omisión o un criterio inadecuado.

Así es como empiezo mi relato del viernes 7 de enero; esa mañana hice una cirugía de una muela del juicio inferior y extraje una superior, tanto al paciente, como a mi, nos fue genial. En la tarde, agendé otra cirugía de una muela del juicio inferior, el paciente es un tío. Lo había revisado unos días atrás y acordamos que ese molar ya necesitaba extraerse, porque, aunque estaba completamente erupcionado (fuera de la encía), tenía una pequeña fractura que lo hacía más una carga que un aliado al masticar la comida.

En fin, ahora que recapitulo todo, mi primer error fue no tomar una radiografía ANTES de indicar la cirugía, sobre todo si la iba a realizar yo. Creo que no le tomé la importancia debida por la confianza de toda la vida con mi tío. Grave error.

Había llegado la hora de la cirugía, mi tío llegó unos minutos tarde y yo ya estaba listo, esperándolo junto con mi asistente (la cual era la primer cirugía que asistía, error número 2). Cuando llegó el paciente, procedí a tomar la radiografía y esto fue lo que vi:

Desde ahí pensé que no sería un paseo por el parque, pero mi plan no cambió, abordaría el caso como una extracción normal porque la muela estaba bien erupcionada (tercer error), aunque no se observara muy bien el espacio del ligamento, indicio de una anquilosis (muela pegada al hueso).

Para no hacer tan largo el cuento, después de aproximadamente 45 minutos de intentar extraer el molar, decidí hacer un abordaje quirúrgico, sin embargo, para ese punto ya era inútil. Mi primer acierto fue hacer una pausa, valorar la situación y decidir, basándome en el bienestar del paciente, posibles riesgos y caminos futuros, parar la cirugía, suturar todo, explicarle a mi tío lo que pasó y decidir dejar en observación el molar y si en un futuro presentaba la más mínima molestia, acudiríamos con un cirujano maxilofacial, ya que es la especialidad que atiende este tipo de casos.

Unos días después, el paciente manifestó dolor, por lo que procedí a pedir una valoración del maxilofacial al que refiero mis casos. Antes de la cita, indicó que se realizara una radiografía panorámica y que comenzara a tomar un medicamento. El día de la consulta, después de valorarlo clínicamente (por fuera) y con la radiografía, determinó que mi tratamiento, aunque no hubiera sido su primera opción, había sido aceptable por las condiciones en las que estaba esa muela, estando pegada al hueso, por lo que sólo indicó observación y una higiene estricta. Hasta el día de hoy, mi tío no tiene dolor y parece que se va a recuperar por completo.

Mi segundo acierto, y el más importante, fue reconocer que el procedimiento había superado mis capacidades y que necesitaba el apoyo de un colega de otra especialidad, siempre haciéndome responsable de los costos derivados del procedimiento, ya que, aunque no puedo regresar el tiempo, puedo mirar atrás, reconocer mis errores, hacerme responsable y APRENDER para futuros pacientes.

Creo que la idea central de toda mi historia (100% verídica) es que, a pesar de que las redes sociales nos permiten a los odontólogos “presumir” nuestros mejores trabajos, ninguno somos perfectos, ninguno puede hacer impecablemente todos los tratamientos y ninguno estamos exentos de tener errores en la práctica diaria, sin embargo, creo que lo que separa a un “buen dentista” de un “excelente dentista” (y no estoy implicando que yo sea excelente) es la capacidad de aceptar lo que NO deberías hacer tú y derivarlo a un colega especialista, o si decides hacerlo y no sale como estaba planeado, hacerte responsable de tu práctica y no dejar “a la deriva” a los pacientes.

Obviamente, siempre hay riesgos que debe saber el paciente previo a cualquier tratamiento (se llama consentimiento informado), pero estos deberían estar contabilizados y evitados siempre.

Si te gustó este artículo y te gustaría que hiciera más como este para ayudarte a cuidar de tu boca, déjamos “los aplausos” y comparte la liga con tus amigos y/o familia, ayúdales a cuidar de su boca para que sepan la importancia de ir al dentista.

Muchas gracias por tu atención, ¡te veo la próxima cita!

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *